¿Con qué pie te levantaste hoy? ¿Izquierdo o derecho? Si se te regó la sal en la mesa, ¿sentiste ese pequeño escalofrío de mal augurio? ¿Le darías la vuelta a la cuadra para no pasar por debajo de una escalera?
La mayoría de nosotros, alguna vez, ha hecho una pequeña pausa frente a un espejo roto, un gato negro cruzando la calle o un viernes 13 en el calendario. Nos parece inofensivo, casi folclórico. Pero en la Escuela Gelva llevamos años insistiendo en algo incómodo: eso que llamamos "supersticiones inofensivas" es, en realidad, un desajuste de la conducta que nos cuesta libertad, responsabilidad y poder personal.
¿Qué es realmente la superstición?
La definición es sencilla y contundente, Superstición es:
Atribuirle propiedades mágicas o religiosas a objetos, lugares o símbolos, o
entregarle mi poder a otra cosa para que se haga cargo de lo que me corresponde.
Es, en el fondo, una mente primitiva que todos hemos atravesado como especie —y que todos, en algún grado, seguimos arrastrando— pero que aquí invitamos a abandonar conscientemente. ¿Por qué? Porque cuando le entregamos a un objeto externo el poder de arruinarnos o de bendecirnos, dejamos de asumir la responsabilidad sobre nuestra propia vida. Renunciamos a nuestra evolución y la retrasamos, la desviamos, la limitamos.
De dónde vienen nuestras supersticiones más queridas
Lo fascinante —y lo que más rápido derrumba una superstición— es conocer su origen. Casi ninguna nació como magia; nació como una explicación práctica que, con el tiempo, se disfrazó de destino.
Tomemos por ejemplo la superstición a la sal.
En la antigüedad era un bien tan valioso que servía como moneda — de hecho, de ahí viene la palabra "salario", porque a los soldados romanos se les pagaba con ella—. Derramarla frente a alguien equivalía a desperdiciar una riqueza compartida, un gesto que podía leerse como una falta de aprecio hacia la amistad. Con el tiempo, ese pequeño accidente doméstico se transformó en presagio de mala suerte.
Pasar por debajo de una escalera
Para los egipcios, el triángulo era una figura sagrada, un portal simbólico de comunicación con los dioses, al que solo faraones y sacerdotes tenían permitido acceder. Pasar "por dentro" de ese triángulo —el que forma una escalera recostada— era un atrevimiento reservado a unos pocos. El resto de los mortales aprendió a rodearla por miedo al castigo divino. Hoy seguimos rodeándola, aunque ya no recordemos por qué; y lo cierto es que, la única razón sensata para no pasar por debajo es que alguien esté trabajando arriba y pueda caerte encima un balde de pintura.
El Espejo roto
Este tiene una historia parecida. En la Roma antigua se creía que, al mirarse en un espejo, el alma también quedaba reflejada; si el cristal se quebraba, el alma se fragmentaba con él. ¿Y por qué exactamente siete años de mala suerte? Porque los romanos habían observado —con razón, según sabemos hoy— que el cuerpo se regenera por completo en ciclos de siete años, siendo el esqueleto el tejido más lento en renovarse. Había que esperar esa regeneración completa para "recuperar" el alma entera.
El gato negro
¡Que lamentable historia! El gato negro tampoco nació como símbolo de mala suerte: al ver perfectamente en la oscuridad, representaba sabiduría: la capacidad de encontrar luz donde otros solo veían tinieblas. Fue solo a partir de la Edad Media, asociado a la cacería de brujas, que se le dio la connotación siniestra que todavía le atribuimos.
La torta de cumpleaños — el soborno cosmico
Incluso celebrar un cumpleaños tiene raíces supersticiosas: se creía que, en la fecha de nacimiento, los malos espíritus tenían mayor oportunidad de apoderarse del alma, así que se horneaba una torta con velas como ofrenda a la luna —a Selene o a Artemisa— para pedir protección. La torta, en su origen, no era para quien cumplía años: era un soborno cósmico. Con el tiempo se convirtió en una hermosa tradición cultural, un canto a la vida. Nada malo hay en seguir celebrándolo, pero vale la pena conocer de dónde viene.
¿y el Número 13?
Ni la arquitectura ni la aeronáutica tienen una sola razón técnica para saltarse el piso 13 de un edificio o el asiento 13 de un avión. Es, sencillamente, irracionalidad instalada con tanta fuerza que hasta ingenieros y científicos la reproducen sin cuestionarla.
La superstición disfrazada de fe
Lo mas complejo es que buena parte de lo que llamamos "fe" es en realidad, superstición con ropaje religioso. Cargar una estampita en el bolsillo para "protegerse del mal de ojo", colgar la imagen de la Virgen del Carmen en el retrovisor mientras se maneja a exceso de velocidad y sin cinturón de seguridad, poner a San Antonio de cabeza para conseguir novio, o arrastrarse de rodillas hasta un santuario: todo eso traslada a un objeto o a un ritual externo un poder que, en realidad, nos pertenece.
La diferencia es sutil — pero decisiva. No es la imagen de la Virgen o de Jesús la que hace el milagro; es la mente que se pregunta "¿qué haría ella en esta situación?" y actúa en consecuencia. Cuando usamos una figura espiritual como modelo de sabiduría interior, hay fe genuina. Cuando le pedimos a la figura misma que resuelva por nosotros lo que nos corresponde resolver, hay superstición. Como se dice en las clases de la Escuela: si tuvieras fe de verdad, no tendrías ni que salir de casa para que un milagro ocurriera.
Cuando hasta la ciencia se vuelve supersticiosa
Aquí viene el giro más incómodo: la superstición no es propiedad exclusiva de quienes creen en brujería o cargan patas de conejo. Entregarle a una pastilla todo el poder de controlar la presión arterial o el azúcar en la sangre —sin asumir ningún cambio de hábito, alimentación o estilo de vida— es también superstición.
La bata blanca y el fonendoscopio pueden convertirse en el nuevo penacho y la nueva maraca del chamán si detrás de ellos no hay una mente que realmente piensa, dialoga y educa en salud.
Lo mismo ocurre cuando se le impide a un niño usar su mano izquierda "porque los zurdos son hijos del diablo". Cuando todos los seres humanos tenemos la capacidad natural de ser ambidiestros; forzar una sola lateralidad no solo es una creencia sin fundamento, sino que puede sembrar dificultades neurológicas en la vida adulta. Superstición vestida de crianza "correcta".
El festival de fin de año
Pocas fechas concentran tanta superstición junta como el 31 de diciembre y en muchas culturas: La ropa interior amarilla para la abundancia, las doce uvas (verdes, nunca moradas, aunque el color no diga nada sobre si están maduras), La maleta dando la vuelta a la manzana para "asegurar" un viaje, las papas escondidas bajo la cama para que el azar decida cómo te irá todo el año siguiente... y un largo y poco celebre etcétera.
Ninguna de estas prácticas nace de la razón. Son entretenimiento cultural encantador si se viven como juego, pero se vuelven un problema cuando se les entrega — en serio — el destino de los próximos doce meses.
Por qué la superstición es un desajuste
Dos razones sostienen esta idea.
- La primera es que la superstición no nace de la razón: ninguna resiste a una pregunta sencilla como el "¿por qué?".
- La segunda — y más profunda — es que nos lleva a evadir la responsabilidad sobre nuestra propia vida.
Y así, miles de generaciones han aprendido que Si algo les va mal ¡es culpa es del objeto, del hechizo, del gato negro, de la mala suerte! y si les va bien, entonces ¡el mérito es del amuleto y no de mis decisiones!.
En ambos casos dejamos de ser protagonistas: nos convertimos en víctimas cuando algo "nos arruina" o en dependientes cuando algo "nos arregla la vida", y ninguna de las dos posiciones nos permite ser libres.
La invitación de hoy
No hace falta salir corriendo a botar el cuarzo, la herradura, la sabila, el cuadro de la última cena o la estampita que tienes en casa. Nuestra propuesta es más sencilla y, a la vez, más exigente:
haz un inventario consciente de los objetos a los que les has entregado un poder que nunca tuvieron, y simplemente quítaselo.
Pueden quedarse como adorno, como recuerdo, como parte de tu decoración. Lo que cambia es que dejan de decidir tu suerte, porque esa decisión nunca estuvo en ellos. Estaba, siempre, en ti.
El verdadero antídoto contra la superstición no es dejar de creer en todo, sino empezar a confiar en lo que sí es real: tu capacidad de razonar, tu responsabilidad sobre tus actos, tu sabiduría y, sobre todo ¡Tu decisión! — El que, como se enseña en la Escuela Gelva, es el poder detrás de todo poder.
Debemos de dejar de proyectar ese poder hacia afuera y aprendemos a reconocerlo dentro de nosotros, la vida deja de depender de un pie izquierdo o derecho, de una escalera o de un gato negro, y empieza, por fin, a depender de nosotros mismos.
Este artículo recoge las enseñanzas compartidas en las clases de filosofía y espiritualidad práctica de la Escuela Gelva, disponibles en nuestro canal de YouTube @EscuelaGelvaColombia, en los videos "¿Qué es la superstición?"
